|  Juicy Price. | Suelo acercarme a los kioskos (uhm, que palabra tan poco colombiana) donde se juega al Baloto, me quedó ahí plantado, mirando el cartón, fíjamente, sin pestañear, como jugando al serio con los números. Uno nunca sabe, fijo un día le da por pestañear a los números ¡y zas!, aprovechando su lado flaco les logro sacar cuáles de ellos son los que caerán en el próximo sorteo. Hasta ahora no me ha funcionado, los muérganos números nada que ceden y aunque cada vez me vuelvo más teso para el juego, después de un rato me veo pestañeando y por ende, derrotado según las leyes internacionales del serio. El otro día competía arduamente con el tablerito de números apilados cuando el feo sonsonete de una voz cercana, logró hacer trizas mi concentración digna de David Blaine preaparándose para algún timo multitudinario. Un hombrecito macizo, bigotón y de voz marcadamente agresiva repetía: -Si niña, esos son: 4, 8, 15, 16, 23, 42. ¡No me los vaya a confundir!-. No contento con tamaña bomba, el pisco remataba: -Si, deme dos juegos con esos números-. Más bien nada tardó el envión de pensamientos en inundar el sorprendido espacio de mis ideas. Tantas cosas para decir y tan pequeña que resultaba mi boca para escupirlas todas al tiempo, como era debido. El premio, el dinero, la maldición, el vuelo, el accidente, la isla, la señal, los otros, el proyecto Dharma... Como en un capítulo de Cita con los Clásicos del Terror (con todo y la voz de Hernán Castrillón), desfiló contoneándose ante mis ojos el trágico destino del chaparro bigotón que se alejaba silvando con los juegos en la mano, sin tener la menor idea de lo que se le venía pierna arriba. Para cuando desperté del shock propio del impacto que ocasiona una visión futurista de semejantes matices, el hombre había desaparecido. Hubiera querido decirle algo, ¡todo!. Sólo espero que el tipo esté de buenas y le dé por hacerce pasar por médico, así, al menos lograría ligarse a Evangeline Lilly antes de morir. |